Este
personaje perteneciente a la mitología Asturiana
es un duende o gnomo de figura diminuta y simpática que viste blusa
colorada y gorro del mismo color.
Es pequeño, de no mas de 80 cm de estatura, tiene la piel negra
u oscura, las piernas torcidas, con grandes uñas en las manos, la boca
descomunal, la nariz aplastada, y los ojos brillantes y pequeños. Es
muy delgado y cojo, pero aun así se mueve con rapidez asombrosa
y suele dar grandes saltos. Su rostro tiene casi siempre una expresión
burlona, a no ser que se le moleste y enfade.
Tiene un agujero en la palma de su mano izquierda.
Tiene muchisimo apego a las casas en las que vive, y solo se muda de ellas para
seguir a los dueños de la casa. Hace bien si le tratan bien y mal si
le tratan mal.
La manera de librarse de él es encomendarle
trabajos imposibles, pues no pudiendo cumplirlos se marcha avergonzado.
Hay tres métodos para echar a un Trasgu:
- Mandarle llenar una cesta
agujereada de agua de mar.
-
Coger del suelo linaza, granos de trigo o arena, con
su mano izquierda, éstos
se escurrirán por el agujero
de la mano.
-
Mandarle poner blanca la piel de un carnero negro restregándola
con las piedras del río.
El Trasgu al no poder cumplir con la tarea encomendada, se marcha avergonzado
y nunca más vuelve a aparecer.
En Asturias, el trasgu recibe diferentes denominaciones
según los lugares.
Así, se le conoce como el Trasno, el Cornín o Xuan dos Camíos,
en la zona occidental, y como el Gorretín Coloráu o el de la
gorra Encarnada, en los concejos más orientales.
También hay un Trasgu viandante, bajo formas diversas,
que se aparece a la gente en caminos y en lugares inhóspitos y cuya única
función es la de confundir y burlarse hasta desaparecer riéndose.
Se le distingue por sus berridos.
Durante los siglos XVI y XVII, teólogos de gran reputación
estaban convencidos de que los duendes eran una categoría de demonios
menores y domésticos. Numerosas actas de procesos inquisitoriales muestran
hasta qué punto estaba arraigada su creencia entre todas las clases
sociales, y de qué forma la iglesia intentaba neutralizar su acción
con reprobaciones y exorcismos.
A partir del siglo XIX, cada vez fueron más
las voces de teólogos y científicos
que rechazaron la creencia en los duendes.
Sin embargo, entre las clases más populares, no sólo de las áreas
rurales, sino también de las urbanas, esta creencia ha seguido viva
hasta la actualidad.
Los asturianos aún cuentan historias del Trasgu,
pero sus apariciones son cada vez más escasas, debido al avance de
la tecnología,
pues odia los ambientes contaminados y las máquinas.
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